La reina Berenguela


Primavera de 1139. Un silencio tenso se cernía sobre Toledo, casi sin soldados. La ciudad, vulnerable, solo albergaba a la reina Berenguela y sus damas.
Su esposo, Alfonso VI, asediaba lejos, en colmenar de oreja, una fortaleza crucial. Los astutos almorávides idearon un plan. Un gran contingente se dirigiría directo a la desguarnecida Toledo, buscando forzar la retirada del rey. Entonces, el imponente ejército musulmán apareció. La situación era insostenible, pero Berenguela, ante la inminencia de la catástrofe, tomó una audaz decisión. Dictó una carta al líder enemigo. Soy hija de nobles, preparada para morir. Que la vergüenza os consuma si os atrevéis contra una mujer. Mi esposo os espera en oreja. Si tenéis valor, id a luchar donde los hombres se baten, en vez de amenazar a unas pocas mujeres solas. Para reforzar su reto, la reina se vistió con sus galas, llevó su trono a la torre más alta y se sentó allí a plena vista de los moros. Una auténtica guerra psicológica. La tradición cuenta que los sarracenos, aturdidos y avergonzados, deliberaron. Luego se inclinaron ante la reina y se retiraron lentamente de Toledo, marchando hacia oreja. Fue un acto de valentía y estrategia que, según la historia salvó la capital imperial. Hoy parte de esa muralla donde la reina se mostró se conoce como las torres de la reina.

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